Una farmacia gótica en la modernidad

Crónica de Alberto Sanín Peña

RESUMEN DE LA CRÓNICA

Los turistas, en su mayoría extranjeros, por lo general se detienen y entran. Les sorprende que en pleno siglo XXI existan lugares del pasado como este, equilibrados con la modernidad. El toque es colonial, con estanterías de cedro y vitrinas de cristal, tipo museo. Quedan deslumbrados cuando observan en el aparador del fondo, que da contra el patio, los pomos de colores expuestos a contra luz, por los que se cuela el día, dándole un toque multicolor a la farmacia. Antes, se preparaban aquí casi todas las fórmulas, con apoyo de recetarios franceses. Gruesos vademécums, editados en papel pergamino, con lomo de cuero dorado e ilustraciones de Daumier y Doré. El resultado era reseñado y envasado  en esos frascos de luz, que ahora se exhiben vacíos, contra la claridad.

El boticario fundador, Don Manuel Amorocho Pineda, venido de los campos vecinos, de tanto acariciar los recetarios aprendió a leer en ellos y, por las noches y  madrugadas, aplicaba el francés leyendo los filósofos de la ilustración. En español sus libros inseparables, “La odisea”, “El Quijote” y “La vorágine”. Los visitantes quedan maravillados con este escenario del pasado, entre paredes de tapia, aparadores de madera, frascos de alquimia, con tapas de corcho, almanaques “Bristol” y balanzas republicanas. Todo oloroso a farmacia y citronela. Piden permiso a Doña Raquel, la heredera, hecha a la mediada del entorno y timonel del establecimiento y comienzan a  disparar sus cámaras.  Allí se expenden medicinas básicas. Al detal, en sobrecitos blancos, con el sello de la droguería o se empacan en bolsas recicladas del periódico, con los titulares de ayer. No hay una sola envoltura plástica. “Cuidemos nuestra casa, el planeta tierra”, es la consigna de Doña Raquel. La mayor clientela está representada por la gente del campo. Casi siempre el mostrador se mantiene atiborrado de sombreros, canastos y mochilas. Mujeres rosadas, verdes y azules, que exhalan el aroma del huerto y la frescura de la tierra. El ambiente los  hace sentir como en su propia estancia. Afuera hay dos placas en piedra labrada, una, alusiva al “Paseo de  la insurrección”, que une las dos Iglesias, la de “Chiquinquirá y la Basílica y por donde desfiló el pueblo enardecido, el 22 de Marzo de 1781, gritando ¡Viva el Rey, abajo el mal gobierno! y otra que dice: “Droguería Popular, tradición Amorocho, desde 1948”. Poco a poco se fue surtiendo de medicamentos, los que expendía desde su propia casa. Llegó el momento en que no le cabían en los cajones improvisados y se esparcían por el piso, decidió, entonces, arrendar un pequeño local esquinero, en la parte alta del pueblo, cerca de la Iglesia de Santa Bárbara.  La clientela de la farmacia era desbordante y el jueves, día mercado, no daban abasto atendiéndola. Por lo general, eran campesinos y propietarios de pequeñas farmacias y tiendas del entorno, que venían de los municipios circunvecinos, como: Simacota, Hato, Palmar, Chima y Contratación, lugares donde él, a su paso, había cosechado infinidad de amigos.

Don Manuel Amorocho Pienda, Socorro, 1964

Llevaban al menudeo, por docenas y gruesas: sal de Inglaterra, jabón de glicerina, emulsión de Scott, mercurio cromo, alcanfor, píldoras de vida del doctor Ross, agua florida de Murray Lanman, almanaques “Bristol”, penetro, tricófero de Barry, neuralgina, formol, cuchillas minora, cafiaspirina y jabón Reuter….
Corría el año 1964. Doce años necesitó para comprar el local y la casona. Ahora sí, había el espacio suficiente para el negocio y toda su familia. Para anclar las raíces de ese árbol que había florecido en el Caribe, pero que se quedaría allí para siempre. Don Manuel, “ManuelF”, como lo llamaban, fue una persona que transcendió la comunidad por su vocación de servicio, autenticidad, sencillez  y sentido del humor: “O, nó, Mister Fly”, como decía a menudo. Fue miembro destacado de la  asociación de droguistas de Santander, fundador del Club el Comercio y ciudadano ejemplar, venerado por la gente del campo y apreciado y respetado por todo el pueblo.   

A la farmacia, la bautizó a tono con su pensamiento y sentido de la vida, fraternal y solidario: “Droguería Popular”, como  consta en la placa que estamos observando, señores visitantes. “Pero sucede y acontece, que el  pueblo, “en su saber  y entender”, la bautizó como, “La droguería de la señoritas Amorocho”. Así la llaman y así la conocen todos.  Sonaron las 3 a.m., en el reloj de la catedral. Un reloj medieval, que como el Big Ben de Londres, da la hora cada quince minutos. Don Manuel Amorocho Pineda, partió. Se fue para siempre, el 10 de octubre de l974, el año en que nació su primer nieto, Camilo  Ernesto Sanín Amorocho. 

Un turista Canadiense, con cachucha de los “Azulejos de Toronto” y mochila arahuaca,  se toma la vocería, resalta la historia y da las gracias. Los acomoda debajo de la placa y los “inmortaliza”. Todos quedan para el recuerdo,  en el marco de esa “Farmacia gótica en la modernidad”.    A.S. P.

Bogotá, Octubre  de 2016

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